Los 5 sesgos cognitivos que arruinan tu cartera (y cómo evitarlos)

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Semana 42 · Reto 52 Semanas

Tú en el colegio decías «me han suspendido» y «he sacado un diez». O decías «he suspendido» y «me han puesto un diez».

No me mientas, que te leo.

Así nacemos y así morimos. Somos seres a los que nos gusta atribuirnos los éxitos y pensar que los fracasos se deben a factores externos que no controlamos. Con esa estructura mental de partida, invertir en los mercados no es nada fácil, porque tienes que desestructurarte y, como la tortilla de patatas, si no lo haces bien, el resultado puede ser un desastre.

A los mercados se viene llorado. Tú, miserable, no le importas absolutamente nada.

En los mercados, el éxito no depende de tu habilidad. Cuanto antes lo asumas, mejor para ti. En cambio, el fracaso sí depende de tu incompetencia. Créeme, no hace falta ser premio Nobel para ganar dinero invirtiendo. De hecho, no conozco ningún premio Nobel que se hiciera rico invirtiendo.

Es más fácil si eres un tipo humilde. Que conoces tus limitaciones. Que sabes que no sabes, y esa es tu única certeza.

Con esa predisposición evitarás que te pase lo que a Toño.

Los cinco enemigos que viven en tu cabeza

Toño estaba casado con Flor, cuya hermana Cayetana, aún más guapa, estaba casada con Bosco.

Bosco era el cuñado perfecto. Coupé descapotable, puesto de ejecutivo en una Big Four, Rolex de oro y gomina a demanda. Lo sabía todo, y lo que no sabía se lo inventaba con una seguridad que quitaba las ganas de preguntar.

En las comidas familiares contaba cómo ganaba dinero en bolsa. Gracias a su inteligencia. Gracias a su talento natural. Acababa de comprar una empresa que solo podía multiplicar por diez y que la había elegido él, como el dedo de Dios, entre cientos, que digo entre cientos, entre miles de empresas.

En realidad, se lo había oído a un cliente en un almuerzo de trabajo. Pero eso no se cuenta en Nochebuena.

Toño escuchaba embelesado. Qué cuñado tenía, era el p… amo. De mayor quería ser como Bosco. Y el lunes ya no pudo aguantarse.

Sesgo número uno: efecto arrastre. Toño no se levantó con ganas de invertir. Se levantó con ganas de no ser el cuñado tonto. Casi nadie compra una acción porque haya estudiado la empresa. La compra porque alguien de su mesa se está haciendo rico delante de él (in his mind), y ese alguien nunca cuenta las que salieron mal.

No tenía ni idea de inversión. Pero cogió sus ahorros, veinte mil euros, abrió cuenta en el primer bróker que le salió en Google y compró doscientas acciones de DogChip a cien euros por acción.

DogChip fabricaba chips para perros robot de compañía. Qué podía salir mal.

Sesgo número dos: exceso de confianza. Y no el de Bosco, porque Bosco camina sobre el agua. El de Toño, que decidió que podía jugar a un juego cuyas reglas no conocía.

En 1981 el psicólogo sueco Ola Svenson pidió a ochenta y un estudiantes estadounidenses que se colocaran en la escala de habilidad al volante respecto al resto del grupo. El noventa y tres por ciento se puso en la mitad de arriba. En la mitad, donde por definición solo cabe la mitad.

Nadie de aquella sala era el peligro. El peligro siempre son los otros.

La primera semana DogChip subió un diez por ciento. Ciento diez euros por acción.

Qué bueno soy, pensó Toño. En cinco días había ganado más que trabajando un mes a doce horas diarias. Y empezó a echar cuentas mentales, ese deporte nacional que consiste en gastarse el dinero que aún no tienes. Ya veía el chalet y el deportivo en la puerta.

Entonces DogChip presentó resultados. Menos treinta por ciento en una hora. Setenta y siete euros por acción.

Toño llamó a Bosco.

«Hombre, tenías que haber vendido, se veía venir.» Siempre hay alguien que te lo advirtió después. Toño colgó sudando. Será cabrón. Se cree que lo sabe todo, pero aquí se equivoca.

Y se metió en los foros a demostrarlo.

Sesgo número tres: confirmación. Toño no entró en los foros a informarse. Entró a que le dieran la razón. Y se la dieron, claro, porque en un foro de accionistas de DogChip no hay nadie que piense que DogChip es una mierda. Está corrigiendo, decían. Es una oportunidad de acumular. Estaba a ciento diez por acción hace nada. Y con lo que ha caído ya no puede caer más.

No buscas datos. Buscas permiso.

DogChip siguió bajando tres semanas seguidas. Cincuenta euros por acción.

Toño ya no tenía ahorros, tenía ojeras. Así que fue a por los de Flor, a por los ahorros, las ojeras no le interesaban.

«Es la empresa de siempre a mitad de precio. Solo podemos ganar.»

Flor dudaba. Pero su marido se había leído los informes de la junta de accionistas y hablaba con una convicción que impresionaba. Y el mercado de perros robot estaba en auge. ¿Quién se resiste a un perro al que no hay que sacar a hacer pis?

Diez mil euros más. Doscientas acciones a cincuenta euros por acción.

Cuatrocientas acciones, treinta mil euros invertidos, precio medio de setenta y cinco euros por acción. Y una frase repitiéndose en la cabeza: solo tiene que volver a setenta y cinco.

Sesgo número cuatro: anclaje. Setenta y cinco no es un precio. Es un recuerdo. Al mercado le da igual lo que pagaste tú, pero tu cabeza convierte ese número en la frontera entre el fracaso y la dignidad.

Rebotó a sesenta euros por acción. Toño respiró. Las ojeras mejoraron. Soy un genio. Se lo dijo a Flor y Flor sonrió.

El sábado, desayunando, leyó el titular: la Unión Europea prohíbe los perros robot por motivos de seguridad.

«Toño, ¿estás bien?»

«Sí, sí. No pasa nada.»

“Y entonces, ¿qué haces en el suelo llorando?”

Volvió a los foros, claro. Y los foros le dijeron lo de siempre: era una oportunidad histórica de compra; total, la UE solo suponía el 60% del mercado de DogChip, esto le haría crecer en Asia, donde se comían a los perros de verdad y necesitaban perros de mentira. El presidente de DogChip dio una rueda de prensa para confirmar la opinión de los opinadores profesionales: no pasaba nada, todo estaba controlado. Toño se acostó tranquilo.

El lunes a las nueve suspendieron la cotización por volatilidad. La mejor oferta de compra estaba en tres euros por acción.

Cuatrocientas acciones a tres euros. Mil doscientos euros de los treinta mil que había puesto. Un noventa y seis por ciento.

Las ojeras tomaron el control permanente de Toño.

Sesgo número cinco: aversión a las pérdidas. 

Kahneman y Tversky describieron en 1979 que la curva del dolor es más pronunciada que la del placer, y trece años después le pusieron número: perder pesa unas dos veces y cuarto más que ganar lo mismo. Y de ahí se ha sacado la conclusión fácil: que por eso la gente vende en pánico.

Con una acción no pasa eso. Con una acción pasa justo lo contrario.

Vender con pérdidas es firmar que te equivocaste. Mientras no vendes no has perdido, estás esperando. Así que el principiante hace justo lo contrario de lo que debería: corta las ganancias en cuanto asoman, porque un beneficio pequeño ya es una historia que contarle al cuñado, y las pérdidas al armario a ver si se arreglan solas.

Los académicos lo llaman efecto disposición. Tú lo has visto en una cena de Navidad.

Mira lo que hizo Toño. No vendió. Dobló. Porque la teoría prospectiva dice algo más incómodo: en pérdidas dejas de huir del riesgo y empiezas a buscarlo. El que va perdiendo en el casino no se va a casa. Sube la apuesta.

Y lo que le empujaba a subirla eran los veinte mil que ya había perdido. Ese dinero no existía, no dependía de nada que Toño hiciera a partir de ese momento, y seguía mandando en todas sus decisiones. Costes hundidos, los llaman. Hundidos porque no se rescatan.

Y luego llegan los fondos

Lo peor no es lo que le pasó a Toño con DogChip. Es lo que le pasará después.

Escarmentado, hará lo que hacemos todos: pasarse a fondos. Fondos gestionados por profesionales. Ya me entiendes, esos que, como Bosco, sí que saben.

En la oficina le hacen un test o ni eso. Con lo que acaba de vivir, Toño sale conservador, así que le colocan un mixto defensivo con una comisión que nadie le explica. Y Toño se queda tranquilo, porque cree que ha comprado un seguro.

No ha comprado ningún seguro. Ha comprado un problema.

Su tolerancia al riesgo está en mínimos por lo que le pasó con DogChip, pero su capacidad sigue intacta: tiene cuarenta y un años, trabajo estable y treinta años por delante. Va a pasarse tres décadas invirtiendo por debajo de lo que podía aguantar, dejando rentabilidad por el camino, y no lo va a ver nunca porque las cosas que no ganas no salen en el extracto.

Y así la banca tradicional aumenta el capital bajo gestión de los fondos basura año tras año.

Resumiendo:

Arrastre es meter dinero en oro porque llevas tres meses viendo que sube y tu eres el único que no ha comprado.

Confirmación es leer solo el informe que te manda tu banco sobre el fondo que te vendió tu banco.

Anclaje es no traspasar un fondo caro porque entraste a un valor liquidativo más alto y primero quieres recuperar.

Y aversión a las pérdidas es lo que hiciste en 2022, cuando lo pasaste todo a renta fija y garantizados hasta que se calmara la cosa. Se calmó. Sigues ahí.

El peor de los cinco sigue siendo el exceso de confianza, porque es el que te hace creer que los otros cuatro son cosa de otros.

Barber y Odean siguieron a 66.465 hogares de un bróker estadounidense entre 1991 y 1996: los que más movían la cartera se quedaron en un 11,4% anual neto mientras el mercado daba un 17,9%.

La diferencia no estaba en lo que elegían, sino en lo que les costaba entrar y salir tantas veces.

No hay perros robot. Toño es su único y más feroz enemigo.

Qué hacer el lunes

Kahneman se pasó cuarenta años estudiando esto y reconocía que seguía cayendo en los mismos errores. Que su intuición no había mejorado por saber cómo fallaba.

Así que este correo no te ha protegido de nada. Saber el nombre del sesgo un domingo tranquilo no sirve para el martes en que tu cartera cae un treinta por ciento. Lo único que funciona es quitarte a ti del medio antes de que llegue.

Sistematiza. Monta cosas que decidan por ti cuando tú no estés en condiciones de decidir. Aportación automática el mismo día de cada mes. Cartera indexada y global, baja en costes y bien diversificada, con la fecha de rebalanceo escrita en el calendario. Y una regla que no admita interpretación: ninguna venta se ejecuta el mismo día que se piensa.

Tu cabeza va a hacer lo mismo que hizo la de Toño. Lo que puedes cambiar es cuánto poder le das.

Quítate a ti del medio antes de que llegue la caída.

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Pablo González Vidal

Escrito porPablo González Vidal

Exdirector de inversiones y gestor de fondos cuantitativos. Cofundador de El Proyecto K junto a Joan Tubau, donde enseña inversión indexada con método cuantitativo. Diseña las Carteras K, carteras indexadas de bajo coste disponibles a través de InbestMe.

Contenido educativo, no asesoramiento financiero personalizado. Invertir conlleva riesgo de pérdida de capital; las rentabilidades pasadas no garantizan resultados futuros. Transparencia: el autor diseña las Carteras K, disponibles a través de InbestMe.