Semana 35 · Reto 52 Semanas
Hay una escena en El lobo de Wall Street que lo explica todo.
Mark Hanna (Matthew McConaughey) se sienta a comer con un Jordan Belfort (Leonardo DiCaprio) recién llegado y novato, y le explica en qué consiste el negocio de verdad. Primera regla de Wall Street, le dice: nadie —y da igual que seas Warren Buffett o Jimmy Buffett— sabe si una acción va a subir, bajar, moverse de lado o dar vueltas en círculo. Nadie. Y los brókers, menos que nadie. Todo es fugazi: polvo de hadas, una ilusión.
Entonces, ¿en qué consiste el juego? En una sola cosa, dice Hanna: mover el dinero del bolsillo del cliente al tuyo. Generando comisiones.
Muchísima gente ha visto esa película. Muy poca le ha dado a esa escena la importancia que tiene. Porque en dos minutos describe el negocio mejor que cualquier manual, y aun así mañana seguirán abriendo el periódico buscando la pista, el gráfico, el gurú que adivine hacia dónde va el mercado.
No hay nada que adivinar. En tu inversión solo puedes controlar dos cosas: el coste y el riesgo.
Hoy toca la primera.
Dos tipos de costes
Cuando inviertes hay dos tipos de costes que debes diferenciar:
- El coste del producto: lo que cuesta el activo que compras.
- El coste del bróker: lo que cuesta el intermediario que pone en contacto a comprador y vendedor.
Del bróker hablamos la semana que viene. Me he metido a investigarlo a fondo y he encontrado cosas que no me esperaba, así que se merece su propio correo.
Hoy vamos con el producto.
La parte fácil: acciones y ETFs
Cuando compras acciones individuales, no hay coste de producto. Una acción es una acción.
Cuando compras un ETF, sí hay uno: la comisión de gestión. Y esta es la parte buena: suele ser bajísima.
Puedes pagar un 0,20% al año por tener unas 1.283 empresas de los mercados desarrollados de todo el mundo dentro de un solo producto, un ETF tipo MSCI World. Y si quieres una cesta aún más ancha, con emergentes incluidos, un All-World te da más de 2.500.
Una locura de barato, impensable en España hasta hace bien poco.
Hasta aquí, todo claro y a la vista. El problema empieza cuando, en lugar de comprar tú, compras un fondo.
El fondo: las mismas comisiones, pero no las ves
Coge un ejemplo real. El Santander Small Caps España, FI (ISIN ES0175224031). Un fondo de bolsa española de pequeñas compañías.
Su comisión de gestión es del 2% anual sobre patrimonio, más un 0,10% de depositario. Sumado, su ratio de gastos ronda el 2,12% anual. El famoso TER.
Y por si fuera poco: si reembolsas dentro del plazo inicial que marca el folleto, te clava además un 2% de comisión de reembolso.
Un detalle del folleto que dice mucho: por la parte que el fondo invierte en otros fondos del propio grupo Santander, las comisiones acumuladas pueden llegar hasta el 2,25% anual.
Fondos que meten fondos de la misma casa. Comisión sobre comisión.
Compara: 2,12% frente al 0,20% del ETF global. Más de diez veces más caro. Cada año. Sobre todo tu dinero.
Y eso es solo la parte visible.
Qué hay dentro del TER (y qué no)
Esas comisiones —gestión, depósito, auditoría, servicios bancarios y gastos administrativos— forman el TER (Total Expense Ratio). Es el número que te enseñan, y sí, la auditoría y la administración van ahí dentro.
Lo que no está en ese ratio es lo interesante. La propia CNMV lo dice: quedan fuera dos cosas.
- Los costes de transacción: lo que el fondo paga en comisiones de bróker cada vez que compra y vende dentro de la cartera.
- La comisión de éxito: la que se lleva la gestora si lo hace «bien».
¿Te acuerdas de que pensabas que el fondo te ahorraba la comisión de compraventa? Pues no. Sigue ahí, diluida en el precio de tu participación. Solo que no la ves, y no aparece en la ficha.
Mi consejo no solicitado de hoy
Cuidado con la comisión de éxito. Mucho cuidado.
Suena razonable: «si yo gano, tú ganas». Alineación de intereses. Muy bonito.
Ahora abre el folleto y busca dos cosas.
Primera: ¿con qué se compara? Hay fondos que cobran sobre resultados y cuyo folleto dice, literalmente, que no se gestionan en referencia a ningún índice. Sin benchmark. ¿Y eso qué significa? Que si el mercado sube un 20% y tu fondo sube un 6%, el gestor cobra igual. No ha batido a nadie. Estaba ahí cuando la marea subió, y te pasa factura por ello.
Segunda: la marca de agua. El fondo solo puede cobrar cuando supera su máximo histórico… de los últimos tres años. Pasado ese plazo, el contador se resetea. O sea: un gestor puede hacerlo espantosamente mal durante tres años y volver a cobrar comisión de éxito desde el nuevo suelo, sin haber recuperado lo que tú perdiste.
Cara, gano yo. Cruz, gano yo también.
Así que ahí va el consejo, y haz con él lo que quieras: antes de meter un solo euro en un fondo con comisión de éxito, exige ver el benchmark. Si no lo tiene, o si es un índice tan ridículo que lo batiría un mono con un dardo, cierra el folleto y vete.
El asterisco mágico
Imagina que la misma casa tiene una gestora de fondos y un bróker. Y que cada vez que el fondo compra y vende, genera comisiones… para la propia casa.
«Uy, uy, uy —dirás—, eso no puede ser legal».
Pues lo es.
Se llaman operaciones vinculadas, y están reguladas en el artículo 67 de la Ley de Instituciones de Inversión Colectiva. La gestora solo tiene que declararlas en el informe periódico, poner el asterisco correspondiente, decir que se hacen «en condiciones iguales o mejores que las de mercado»… y hoy paz y mañana gloria.
¿Y esto pasa de verdad?
Vuelve al fondo del ejemplo. En su informe, en el apartado de operaciones vinculadas, declara que buena parte de sus operaciones de futuros se ejecutaron con un bróker del propio grupo: alrededor del 40% de las compras y casi el 47% de las ventas.
No es teoría. Está escrito, con su asterisco, en blanco sobre negro.
Y esa cláusula aparece casi calcada en los folletos de la mayoría de fondos de las grandes gestoras españolas. No es un caso raro. Es el estándar.
El nuevo maná: la gestión discrecional
Y todavía falta el producto estrella. La gestión discrecional de carteras.
Lo de «discrecional» me suena a la guerra, cuando decían «disparen a discreción». Y si aciertas, tú eres el discreto.
Chiste malo aparte, este producto es una maravilla. ¿Para ti? No, incauto. Para el banco.
Le firmas un mandato para que gestione tu dinero y te cobra bien por ello. Es una cascada:
- La comisión de gestión del servicio, muchas veces con comisión de éxito encima.
- Más el 21% de IVA sobre esa comisión.
Y ahora el detalle fiscal que casi nadie te cuenta: ni esa comisión ni su IVA te reducen las plusvalías que pagas en la renta. Salen de tu bolsillo en limpio.
En cambio, cuando la comisión va embebida dentro del fondo, sí reduce el valor liquidativo y, con ello, la ganancia que tributa.
O sea, que pagar la comisión «por fuera» es, además, fiscalmente peor para ti.
¿Y qué te meten dentro de esa cartera? Sus propios fondos, muchas veces en una clase cartera: una clase con un TER más contenido.
«¡Ah, entonces es más barato!», pensarás.
No te hagas ilusiones. Como ya te cobran por el otro lado, se pueden permitir bajar el TER de dentro. Seguirá muy por encima de un buen ETF, pero cumple una función: que el fondo salga mejor en la foto.
Porque recuerda la regla de oro: a menos comisión, más rentabilidad. Aunque aquí la rentabilidad sea aparente, porque lo que se ahorran dentro te lo cobran fuera. Pero en sus PowerPoints, la foto sale preciosa.
Mira lo que han conseguido: cobrarte más, que te salga más caro en total… y que encima te vayas pensando que te va fenomenal.
Reconócelo: son unos putos genios.
Lo que te juegas
No estoy diciendo que un fondo sea siempre un robo. Estoy diciendo que tienes derecho a saber lo que pagas, y que el sistema está diseñado para que no lo sepas del todo.
Porque 2,12% frente a 0,20% no es un matiz.
Imagina 100.000 € invertidos durante 30 años, con la misma rentabilidad bruta del 7% anual en ambos casos.
Con un coste del 0,20%, terminas con unos 720.000 €.
Con un coste del 2,12%, terminas con unos 418.000 €.
Más de 300.000 € de diferencia. Esa es la distancia entre tu patrimonio y el patrimonio de tu gestor.
Volvamos a Mark Hanna. Tenía razón en una cosa: nadie sabe hacia dónde va el mercado. Pero se le olvidó decir lo otro. Que aunque la dirección sea fugazi, la comisión no lo es. La comisión es lo único real de toda esta película.
El coste es lo único que puedes controlar con certeza antes de invertir. La rentabilidad no la conoces. La comisión, sí.
Así que la próxima vez que tu amigo el del banco te diga que «esto no te cuesta nada», sonríe, dale las gracias… y pídele el folleto.
Y ahora, qué
Creo sinceramente que te cambiará la perspectiva sobre la inversión.
La semana que viene: el otro coste. El de tu bróker. Y si tienes uno de los «gratuitos», te interesa especialmente, porque no es que no te cobre. Es que ha encontrado formas de cobrarte que no aparecen en ningún extracto.
Aprende a destripar cualquier fondo por dentro
Te enseño, paso a paso, a leer un folleto ayudado con un prompt y detectar TER, comisiones de éxito y operaciones vinculadas antes de invertir un solo euro.


